Yo, señor, soy de Segovia. Mi padre se llamó
Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal
como todos dicen, de oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos,
que se molestaba si le llamaban así, diciendo que él era tundidor
de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y, según él
bebía, es cosa para creer.
Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de
Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo
que no era castellana vieja, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus
pasados, quiso esforzar que era descendiente de la letanía. Tuvo muy buen
parecer, y fue tan celebrada, que, en el tiempo que ella vivió, casi todos los
copleros de España hacían cosas sobre ella.
Padeció grandes trabajos recién casada, y aun
después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de
bastos para sacar el as de oros. Probósele que, a todos los que hacía la barba a
navaja, mientras les daba con el agua, levantándoles la cara para el lavatorio, mi hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en
la cárcel. Sintiólo mucho mi padre, por ser tal que robaba a todos las
voluntades. Por estas y otras niñerías, estuvo preso; aunque, según a mí me han
dicho después, salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron doscientos
cardenales, sino que a ninguno llamaban «señoría». Las damas
dicen que salían por verle a las ventanas, que siempre pareció bien mi padre a pie
y a caballo. No lo digo por vanagloria, que bien saben todos
cuán ajeno soy della.
el dos de bastos para sacar el as de oros: metía los dos dedos para sacar dinero
faldriquera: bolsillo
LOCALIZACIÓN
El texto que vamos a comentar pertenece al género narrativo. En concreto se
trata de un conocido pasaje de la novela picaresca española, uno de los
subgéneros más singulares que ha conocido la narración en toda su historia.
Estamos, pues, ante un fragmento que no es difícil de ubicar: frente a nosotros
tenemos el comienzo de la
Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo
de vagamundos y espejo de tacaños, cuyo autor es Francisco de Quevedo, uno de los más conocidos
escritores del Barroco español y máximo representante de la corriente literaria conocida como conceptismo, de la que el texto es un excelente ejemplo.
DETERMINACIÓN DEL TEMA
El fragmento que analizamos versa sobre un tema muy característico de la
novela picaresca: la descripción de los orígenes familiares del pícaro que
protagoniza la historia. En este caso, don Pablos, nos describe los orígenes deshonrosos de su familia, sobre todo de su padre.
ESTRUCTURA
En relación a la estructura externa del texto, observamos que el fragmento consta de tres párrafos; los dos primeros tienen cinco líneas cada uno y la extensión del tercero es el doble (diez líneas).
En cuanto a la estructura interna, esta la
dividiremos en tres partes bien diferenciadas. La primera de ellas coincide con
el primer párrafo, en el que fundamentalmente se nos describe al padre de don
Pablos y se nos cuenta cuál era su oficio. La segunda parte, que también
coincide con el segundo párrafo del texto, se ocupa de la descripción de la
madre del pícaro. El tercer párrafo conforma la tercera parte del texto, en la cual se nos describen y narran los "negocios" del padre de don
Pablos –y cómo se valía del hermano del protagonista para llevarlas a cabo– y su estancia en la cárcel (aunque bien es cierto que ambas cosas podrían
constituir dos secciones bien diferenciadas dentro de la tercera parte).
ESTILO
Es muy significativo que el fragmento empiece con la primera persona del
singular: «Yo». Este tipo de recurso, basado en la apelación que alguien hace a
otra persona en forma prácticamente confesional, es un rasgo muy común de la
novela picaresca, en la que los protagonistas suelen empezar así para relatar el
discurso de su vida. En este caso, como sucedía también con el Lazarillo de
Tormes, es el propio pícaro el que habla para contar su historia, de modo que el
narrador y el personaje protagonista coinciden.
Quevedo juega con la
hipérbole para exagerar el parecer que
Clemente Pablo tenía de su propio oficio, que en ningún caso admitirá ser el
muy humilde de barbero, exagerándolo hasta el punto de convertirlo algo
eufemísticamente en «tundidor de mejillas y sastre de barbas». El primer gran
ejemplo del uso que Quevedo hace de la connotación y los dobles sentidos lo
encontramos cuando hace decir a don Pablos que su padre «era de muy buena
cepa». La cepa suele aludir figuradamente al origen honorable de los personas,
sobre todo en relación con sus padres, pero dado que la cepa es literalmente el tronco de la vid, de la que se extrae la uva para hacer el vino, Quevedo hace
que don Pablos puntualice irónicamente con eso de que «según él bebía, es
cosa para creer». En otras palabras: no era a la cepa en sentido figurado sino a
la cepa en sentido literal a la que estaba apegado Clemente Pablo, con lo cual
se nos dice que el padre de don Pablos, además de un acomplejado con
pretensiones de grandeza muy poco acordes con su oficio real, era un bebedor
consumado.
En la segunda parte entra el texto a describir a la madre, y para ello
Quevedo sigue abundando en prácticamente los mismos recursos que en la
primera, aunque notaremos cómo el tono del sarcasmo, de la ironía y de los
dobles sentidos va aumentado varios grados de manera desatada. Ya hemos
dicho que Aldonza era un nombre de lo más vulgar en la España del siglo
XVII (no es casualidad que la Dulcinea de don Quijote fuese en realidad una
porquera de La Mancha llamada Aldonza Lorenzo, por cierto), pero en este
caso la crueldad sobre el personaje va mucho más lejos: Aldonza lleva, además,
el apellido San Pedro, y se puntualiza que era «hija de Diego de San Juan» y
nieta de «Andrés de San Cristóbal». En una sociedad dominada por la idea de
la
limpieza de sangre, este tipo de apellidos siempre fueron vistos con recelo,
dado que los judíos adoptaban un apellido cristiano al convertirse a dicho credo
para evitar ser represaliados. De ahí la sospecha en el pueblo de que «no era
cristiana vieja» (una acusación mucho más grave de lo que hoy podríamos
pensar en el momento en que fue concebido este texto). Quevedo subraya la
triquiñuela de cambiar de apellido para ocultar un origen converso por parte
de la familia de la madre valiéndose, cómo no, de la ironía: incluso dice que
pretendía aparentar que era descendiente de la letanía, es decir, ni más ni
menos que de los santos. Con ello se subraya una vez más la pretensión de
nobleza de uno de los progenitores de don Pablos frente a su condición real: si
en el caso del padre el alejamiento se daba entre el nombre con el que se refería
a su oficio y su oficio mismo, en el de la madre la mentira tiene un cariz mucho
más grave, puesto que si la madre de don Pablos «no era cristiana vieja» y, por
lo tanto, entre sus antepasados figuraban evidentemente algunos conversos, esto
significa que el propio don Pablos tampoco puede presumir de tener la
limpia según la complicada concepción genética y religiosa del siglo XVII. Más
aún, Quevedo nos dirá sin mencionarlo explícitamente que esta Aldonza de
San Pedro era, además, prostituta. Para ello se vale de una imagen muy
ingeniosa aunque devastadora: si los copleros cantan la belleza de las damas,
especialmente de las de noble cuna, la madre de don Pablos fue tan
«celebrada» (es decir, conocida entre gentes de moralidad dudosa, como tenía
fama de serlo la farándula de los copleros) que casi todos hacían cosas «sobre
ella». La preposición sobre, como sabemos, puede tener una doble acepción:
puede significar acerca de o puede, como en realidad Quevedo deja ver
maliciosamente en este caso, significar literalmente encima de. El tipo de cosas,
por lo tanto, que hacían los copleros de España sobre / encima de Aldonza de San
Pedro no era precisamente del género relacionado con la poesía.
En la tercera parte encontramos la expresión «metía el dos
de bastos para sacar el as de oros». En otras palabras, Quevedo recurre a un
símil con el juego de las cartas para decirnos, probablemente, que Clemente
Pablo era muy hábil en el difícil arte de la estafa. Fiel a su costumbre, Quevedo nunca dice las cosas literalmente: así vuelve a
recurrir a la fraseología para contarnos cómo el hermano de don Pablos les
sacaba «los tuétanos de las faldriqueras» a los clientes de la barbería del padre,
mientras éste los mantenía distraídos para que no se dieran cuenta.
No puede,
por tanto, sino ser
irónica la alusión al hermano como «angelico» justo después
de describirnos su colaboración con los delitos del padre. Es más, el «angelico»
no estaba precisamente cantando en el cielo, sino recibiendo unos azotes en la
cárcel que le hubieron de costar la vida.
Y así llegamos al último párrafo. La narración de la vida delictiva («niñerías», dice el narrador
como quitándole importancia) de Clemente Pablo culmina, como no podía ser
de otra manera, con su estancia en la cárcel. El uso de la
ironía llega su cenit
aquí: si desde el principio se nos venía avisando de que el padre de don Pablos
tenía unas pretensiones de honra (en el sentido de honra nobiliaria) que por su
bajo nacimiento no podía alcanzar, ahora al fin se presenta con dicho atributo –
y ahí tenemos una genial
paradoja– tras su estancia en la cárcel, puesto que a la
salida le acompañan doscientos cardenales, ( el cardenal es uno de los más altos
eslabones dentro de la jerarquía eclesiástica), Quevedo
juega con el doble
sentido de la palabra cardenales, que no son los que llaman «señorías» (los
eclesiásticos, en suma) sino los moratones que tenía en su cuerpo tras los azotes
recibidos.
Para rematar la ironía, presume don Pablos de que las damas salían a
las ventanas para ver a su padre a caballo porque siempre tuvo muy buena
presencia en esa disposición. Aparentemente es la estampa de un caballero la
que tenemos ante nuestros ojos, pero el paseo a caballo de Clemente Pablo no
se debe a su gallardía sino a la humillación de ir preso por la ciudad para que
todos puedan ver los azotes que ha recibido por sus hurtos, convirtiéndose su
propia imagen en la advertencia ejemplarizante para todos los ladrones de
Segovia. Una vez más, es con el doble sentido y la connotación de una
expresión, en este caso ir a caballo, con lo que juega el texto. Un texto que
remata con una contradicción, dado que don Pablos ha expuesto unos orígenes
familiares de lo más deshonroso para la época y lo ha rematado diciéndonos
que no quiere presumir, ya que es ajeno a la vanagloria (en el resto del libro se
demostrará que nadie queda más lejos de una afirmación así, por cierto).
Como dijimos en clase alguna vez, todo el texto es una sucesión de
expresiones cargadas de dobles sentidos. Y, ante la duda, si se trata de Quevedo
siempre vale aquello de «piensa mal y acertarás».
CONCLUSIÓN
La vida del buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, es sin duda el mejor referente dentro del género de la novela picaresca. Responde a la perfección a las características esbozadas un siglo antes en el Lazarillo, pero incorpora elementos que enriquecen la figura del pícaro y que contribuyen a que el género alcance su plenitud.Es cierto que, más allá de la narración divertida, su lenguaje a veces nos resulta un tanto extraño y que las imágenes que utiliza Quevedo no siempre son fácilmente comprensibles. Pero esto es el Barroco y, más concretamente, esto es el conceptismo.
Fuentes:
http://www.juangarciaunica.com/Documentos/Comentario%20resuelto.pdf
https://trabajosdeliteratura.wordpress.com/2016/07/27/una-lectura-facil-del-buscon-de-quevedo/